
La luz cae, y con ella también algo de mí. No sé si el cielo cambia o si soy yo quien se vuelve distinto cada vez que miro. El día se apaga despacio, y en ese silencio siento que todo lo vivido —lo que dolió y lo que brilló— encuentra su lugar.
No busco sentido: me basta el ritmo, el pulso, el temblor de estar vivo. A veces cargo el peso de lo que fui, otras rompo lo que me ata, y en días como este, simplemente juego a ser quien soy, sin nombre, sin prisa. El atardecer me enseña a no tener miedo del fin, porque en su caída hay una promesa: todo lo que se apaga también se transforma.
Si no queda alegría, que quede presencia.
Si no queda certeza, que quede mirada.
Y si la vida insiste en arder y apagarse,
que me encuentre siempre ahí, en medio del fuego,
diciendo —sin pensar demasiado—:
sí.
-Christian Cartagena, Aude…

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